domingo, julio 25, 2010

Hermano de Marcel Rasquín

"Hermano" de Marcel Rasquín
Todos unidos: en la vida y en la muerte



Acabo de ver la película "Hermano". Dirigida por el venezolano Marcel Rasquín. Para resumir mi sentir ante la cinta, puedo combinar las palabras: belleza y rudeza -con la misma intensidad-.

Rasquín se mueve y nos muestra la vida y la muerte con la misma profundidad. Sin matices, sin bemoles. Directamente. Con un lenguaje absolutamente real. Con un amor profundísimo. Con grandes raíces.

"Hermano" es una de esas películas que te guste o no, eso no importa, no se te olvida tan fácil. Es una cinta en la que el corazón del espectador se sale de la silla y se mete en la pantalla. Parece que no hay manera de que no te importe la historia. No hay manera de que la película te pase por encima. Es una película hecha y mostrada desde las entrañas. Así la vi yo.

Si hay algo que sale a relucir de la historia de Rasquín es el factor sorpresa. Lo no predecible. Personalmente, no me imaginé ninguna de las posibilidades de la película. Ninguna. Desde la primera escena quedé con la boca abierta. Y al final, me costó pararme de la silla. Aún estaba digiriendo el final. Un final de pocas palabras, imágenes obvias y un mensaje que no necesitaba una palabra: solo una mirada.

Rescato también el guión. Tiene frases maravillosas. Es corto. No exagera en el uso de nuestro lenguaje. Y al mismo tiempo es tan real, tan cercano. Así hablamos los venezolanos. Así somos. Así como se muestra ahí.

Soy solo una cinéfila. No una experta en... Sin embargo, la cinematrografía me llegó profundamente. Hay imágenes como para poner en pausa y quedarse allí un rato. Ese es otro de los logros de Rasquín en ésta, su ópera prima.

Al final, no sabemos si el autor usó al fútbol como una excusa para contar una historia familiar y desgarradora. O fue al revés, y usó el intrincado mundo de los barrios venezolanos para contarnos una historia de fútbol. Me encanta eso. Me encanta que en una película haya más de una cara. Y que nos de la oportunidad al espectador de ver más de una historia, más de una cara, más de una verdad. Bien por eso!

Sobre las relaciones familiares: un atrevimiento

Me resulta terriblemente tentador escribir sobre "Hermano" desde la mirada de Constelaciones Familiares. Es un atrevimiento, quizá. Y al mismo tiempo, es inevitable para mí, mirar con ojos sistémicos esta historia. Aquí voy. De entrada, ofrezco mis disculpas si alguno se ofende o no está de acuerdo.

Ya solo el título de la película "Hermano" nos hace pensar en la familia. Dos muchachos, hermanos de la vida. Unidos por la crianza, por una madre amorosa, por un deporte, por el barrio. Y separados por pensamientos, ideales, esencias, formas, maneras. ¿Quién lo hizo mejor que el otro? No lo sabemos. Cada uno hizo lo suyo.

Hay dos muchachos criados por la misma mujer, en el mismo barrio y con las mismas limitaciones y oportunidades. ¿Qué los diferencia? ¿Qué los une?

Un niño es encontrado en medio de la basura. “Le salvan la vida”, como él mismo lo dice varias veces en el film. Aquí vemos la dinámica vinculada a la adopción: los padres le dieron la vida y esta mujer que lo recoge entre las bolsas es la que lo mantiene con vida. A ella y a su hermano de crianza, el Gato, les debe la vida y sería capaz de darla por ellos. Así es la lealtad familiar.

Si bien son dos hermanos, en esta unidad familiar “no hay” padre. Los integrantes de esta familia son: mamá, Julio y el Gato. En Constelaciones Familiares decimos que el sistema no acepta espacios vacíos, de tal manera que ¿quién toma el lugar del padre? Pareciera que es Julio. Quien hace las veces del líder de la casa, el que le presta dinero a mamá (sin importar dónde consigue el dinero), a quien el gato mira como una figura “superior”.

Estos hermanos son dos caras de la misma moneda. El blanco y el negro. El bueno y el malo. Sueños diferentes. El bien y el mal y la vida y la muerte están vinculadas de manera constante en esta cinta. Mostrando también el tema de la compensación y el balance, tan importante cuando trabajamos desde la mirada de Constelaciones Familiares. Cuando hay solo maldad, la bondad necesita aparecer y asomarse, pues eso genera balance. Cuando hay solo bondad, la maldad necesita aparecer y asomarse, eso genera balance. Julio y Daniel son la muestra perfecta de este balance. ¿Quién compensa a quién? Esa es la gran pregunta.

Otro tema fundamental que está vinculado con Constelaciones Familiares es cómo la muerte sigue a la muerta (en ocasiones y cuando no la queremos mirar) En una familia, cuando alguien muere y esta desaparición genera mucho dolor, puede haber otro miembro del sistema que decida “seguir en la muerte” a su familiar, creyendo que de esta manera todo el sistema estará mejor. Es como pensar que ese precio “está bien” para todos.

Es difícil decir qué es lo correcto o lo incorrecto. Quién lo hizo bien o mal. Todos lo hacen como pueden. Y a veces pagamos un cheque muy alto o grande por amor a los nuestros. Esto es parte de pertenecer al sistema. Y esto queda claro en la película “Hermano”: es el amor lo que mueve al sistema.

Raiza Ramirez

viernes, julio 02, 2010

Querido Abuelo Luis


Abuelo hermoso. Hola!
Tengo 35 años. Te fuiste cuando yo tenía 7.

Te recuerdo de una manera tan clara, nítida y perfecta.

Apenas llegábamos a casa de la abuela, corría al balcón a buscarte. Sabía que estarías allí, escuchando tu radio y tus tangos, con tu franelilla blanca y tu pantalón, peinado perfecto como si fueras a salir, con tus cholas negras. Allí, sentado, tranquilo, mirando a la nada. Me agarraba a ti con fuerza. Te abrazaba con mucho amor. Y tú a mi, claro está. Yo era tu princesa, como me decías tú.

Te recuerdo preguntándonos a todos si necesitábamos usar el baño, porque tú te ibas a meter a bañar y cuando eso pasaba, podías estar mucho rato allí adentro.

Te recuerdo cuando te ibas a jugar bingo en nuestra casa. No te parecía que Ricardo y yo pasáramos la tarde solos en el apartamento. Agarrabas a mi abuela y te presentabas en nuestro apartamento. Jugábamos Bingo y así estabas con nosotros.

Te recuerdo sentado en la cabecera de la mesa. Ese era tu lugar y nadie podía sentarse allí.

Recuerdo los domingos en tu casa. Íbamos todos a pasar la tarde y merendar con ustedes. Al final, en la despedida, siempre me dabas una moneda de dos bolívares. Era una fortuna en esos tiempos. El último día que te vi (que yo recuerde), sacaste todas las monedas de tu bolsillo, las pusiste en tu mano y me pediste que eligiera "la que me tocaba". Estabas enfermo y no lo sabíamos. Ya no sabías cuál moneda era cuál. Yo me di cuenta aunque no lo entendí.

















Te fuiste tan rápido que no hubo tiempo de mucho. 12 horas bastaron para que tu sangre dejara de estar "limpia". Una gangrena gaseosa, aunque aún no sé qué significa ese término, eso fue lo que siempre dijeron que te pasó. Una bacteria te envenenó la sangre y no pudieron (pudimos) hacer nada para que siguieras vivo, con nosotros.

Fue un viernes. Lo recuerdo tan claro como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Yo tenía 7 años y mi hermano 13. Pasamos una tarde normal en nuestra casa. Pero las cosas comenzaron a ser diferentes cuando eran más de las 5 p.m. y mi mamá no llegaba. Ella los viernes llegaba más temprano. Se hizo de noche. Y nada que llegaba mi mamá. Lo recuerdo. Mi pequeña alma sabía que "algo" estaba pasando.

Sonó el teléfono. Atendió mi hermano. La conversación fue breve. No se qué le dijeron, solo se lo que él me dijo a mí: nos vamos a casa de Amalia (nuestra queridísima vecina). Yo brinqué de la emoción. En mi total inocencia, me parecía genial ir a cenar en casa de Amalia (que siempre ha cocinado divino y era muy generosa con sus porciones) y luego jugar con mis amigas del alma Carola y Mariella. Noche perfecta! ¿Cómo iba a saber que te estabas muriendo mientras tanto? No había forma de saberlo.

Comimos. Jugamos. Brincamos. Jodimos un montón. Dormimos.

No recuerdo a mi hermano en esas escenas. Imagino que él a sus 13 sí sabía lo que te estaba pasando. Lo que nos estaba pasando a todos esa noche.

Llegó la mañana. La escena era extraña. Yo no lo entendí en ese momento. Un grupo de 4 ó 5 vecinos se reunieron bien temprano en la sala de la casa de Amalia. Mi mamá estaba vestida con una camisa beige y un pantalón marrón. La recuerdo triste. Yo solo la abracé por las piernas, por donde yo la alcanzaba.

Mi mamá y mi hermano se fueron. Yo me quedé en casa de Amalia. Inocente. Sin saber nada. Ya te habías ido.

En la tarde, Carolina, me llevó al balcón. Se puso seria, muy seria para sus 8 años. Y me dijo que tenía algo importante que decirme, pero que no podía llorar o gritar. Yo le dije que estaba bien, que me dijera. Y soltó la frase: "Tu abuelo se murió". No me dieron ganas de llorar ni de gritar. Creo que lo que sentí fue un verdadero alivio. Ahora sí entendía este viernes y este sábado tan raro de mi vida. Ahora entendía la trsiteza de mi mamá, el silencio de mi hermano. Y solo me pregunté: "¿Se habrá ido al cielo?".

El juego siguió. Cuando tienes 7 años, el tiempo es relativo y la noción del tiempo lejana. Llegó la tarde y con ella mi mamá. La vi más flaca que nunca. Tristísima. Pero ahora ya yo sabía la razón. Caminamos juntas por el pasillo. Ella me llevaba de la mano. Y yo solo atiné a preguntarte en la puerta de nuestro apartamento: "¿Mi abuelo está en el cielo?". Y ella me dijo que sí. Esa noche nos quedamos en su cuarto. Con la luz apagada. Así comió ella, lo poco que pudo comer. El dolor era pesado, aplastante.

Yo no podía hacer nada. Ni por ti, ni por ella, ni por mi hermano. Ni por mí. Pero en ese momento yo no lo sabía.

Fueron pasando los días. Todas tus hijas y mi tío Luis estaban super tristes. La casa de la abuela se sumió en un silencio total. Todas vestían de negro. Yo las miraba sin entender mucho.

Mi mamá estaba tan triste. Y mi hermano. Y yo. Y mi papá. Y todos. ¡Qué dolor abuelito! ¡Qué dolor que te hayas ido! Ya no iban a haber más monedas de dos bolívares, ni más tango en el balcón, ni más bingos en mi casa, ni más abrazos tuyos. Ya no.

En mis sueños infantiles, me imaginaba que un día ibas a aparecer y nos ibas a decir que todo fue una broma. En mis sueños infantiles, me hacía la fantasía de que quizá tú tenías un hermano gemelo en otras tierras que vendría a ocupar tu lugar (yo ya a esa edad veía telenovelas) Yo solo quería que volvieras.

Reclamé muchas veces mientras iba creciendo que no me habían dicho nada de tu muerte. Era puro dolor Abuelito, puras ganas de volverte a ver, de haberte podido mirar otra vez.

A los 16 años soñé contigo. El sueño era así: Yo entraba a un cuarto en casa de mi abuela y te encontraba allí. Estabas muerto, eras un fantasma. Al principio me asusté, pero luego la emoción de "volverte a ver" cubrió cualquier susto y comencé a hablarte como loca. No podía parar. Empecé a explicarte que yo nunca supe nada, que no me habían dicho, que por eso no había ido a tu entierro y mil cosas más. Tú, en una paz perfecta, me dijiste que no me preocupara, que tú sabías que yo no sabía, que estaba bien así. Me dijiste que estabas bien. Y me preguntaste por Ricardo, me contaste que él había llorado mucho en tu entierro. Yo te dije que estábamos bien. Me diste la bendición y te fuiste". Después del sueño dejé de reclamarle a mi mamá y a mis tías que me hayan ocultado tu partida. No hacía falta ya.

Hace unos cuatro años volví a verte en un sueño. Me encontré contigo en un estacionamiento. Estabas muerto. Y me dijiste que te sentías solo. Yo te pregunté si necesitabas algo. Pero solo me dijiste eso. Y te fuiste. Cuando le conté el sueño a mi Abuela Ricarda, ella me dijo que siempre soñaba contigo y que tú la llamabas en esos sueños, pero que ella te decía que todavía no era su momento.

Ahora, muchos años después de ese viernes en el que te fuiste, te recuerdo y te lloro como no te lloré a mis siete años. Hoy puedo ver cuánta falta nos has hecho a todos y cuánta falta me has hecho a mí. Me duele tu partida y por sobre todas las cosas no haberte dicho Chao Abuelo, nos vemos ahora, luego, después.

Pero como la vida es tan hermosa, plena y sabia, me regala otro viernes para poder escribirte esto y decirte lo mucho que te amé y que te amo. Para decirte Abuelo hermoso que te llevo en mi corazón. Para escribirte esta carta absolutamente sentida desde mis entrañas que no te hubiese podido escribir a los 7 años. Para decirte que con muchísimo dolor te dejo en la muerte y que desde aquí, desde la vida, te doy las gracias más grandes e infinitas que se pueden dar a ser humano. Gracias por haber amado a mi abuela, haberla tomado, haberla querido, haberle dado la vida a mi mamá y habernos amado tanto a todos. Gracias por haber aceptado a mi papá y haberlo tomado como otro hijo. Gracias por tu vida y por habernos regalado esa vida a todos nosotros.

De esa agua que tenías tú me baño a diario. Sin juicios Abuelo. Se que hiciste lo mejor. Y aunque me dolió y aún me duele, se que te fuiste cuando tenía que ser, ni un minuto antes, ni un minuto después. Yo no podía hacer nada por ti, ni por mi mamá, ni por mi papá, ni por mi hermano. Yo era muy chiquita y delante de tu destino, lo sigo siendo. Fue cuando tenía que ser. Nada más.

Yo me quedo por acá por la vida un rato más. Desde aquí, te miro con amor. Y te pido, por favor, que me mires también con amor. Que me sonrías en cada tango que baile, en cada moneda que reciba, en cada abrazo que me den y que yo dé.


Por favor abuelito, bendíceme. Por favor. Mírame con cariño si me quedo, si me puedo despedir con tranquilidad de los que amo, si soy amada y no siento miedo ante ese amor que puede morir, si me entrego con paz y tengo quien me sujete en la caída. Por favor abuelo, bendíceme.





Tu nieta Raiza

domingo, junio 27, 2010

Hoy Día del Periodista


Cuando comencé a estudiar Comunicación Social en la UCAB, por allá por el año 1991, yo quería escoger la mención Publicidad y RRPP. Me parecía que me podría mejor en el arte de las relaciones públicas y casi que me veía trabajando para una agencia de publicidad. Los libros que me compraba eran vinculados a esa área y estaba super decidida.

En el segundo año de la carrera, tuve que hacer un trabajo para la materia Géneros Periodísticos. La tarea era visitar un periódico y ver cómo se hacía un diario desde adentro. Gracias a un contacto que tenía mi papá, llegamos al desaparecido diario "El Globo", ubicado en Maripérez. Yo, en mi absoluta ignorancia, no tenía ni la menor idea de si ese periódico era importante o no, si era conocido o no. Solo fui a hacer mi asignación para la Universidad.

Me atendió en gran Heberto Castro Pimentel (fallecido recientemente). El era amigo de mi papá y el Jefe de Redacción. Mucho después fue que supe que Heberto había hecho escuela en El Nacional y que era un genio del periodismo. En ese momento fue solo un señor simpático que nos atendió lo mejor que pudo y nos explicó cómo funcionaba el diario.

Al final de nuestra visita, ya en los momentos de cierre y agradecimiento, Heberto me pregunta que si estaba interesada en hacer una pasantía con ellos. Yo, con mi usual desparpajo que a los 18 años se amalgamaba con una falta de vergüenza total, le dije que NO, que gracias, pero que yo quería ser publicista y no periodista. El Gran Heberto, en vez de mandarme al carajo por prepotente e ignorante, además de mal agradecida, fue tan pana que me dijo que me lo pensara y lo llamara.

Me fui del Globo sin prestarle importancia a esta conversación. Llegué a mi casa y se lo conté a mis padres como una anécdota más del día. Total, ya yo había decidido lo que quería hacer con mi vida. Mi papá también me dijo que me lo pensara y en una frase me señaló: "¿Qué puedes perder?". Ahí sí me quedé pensando. Era verdad. No tenía nada que perder. Era una oportunidad de aprender algo nuevo, ganar dinero, tener un trabajo en segundo año de la carrera. No sonaba mal.

Llamé a Heberto. Y con mi mismo desparpajo le dije que lo había pensado y que estaba bien, que iba a hacer la pasantía con ellos. Me citaron para un entrenamiento que resultó un intensivo de computación para que aprendiera a manejar el sistema con el que los periodistas escribían en el diario. Pasamos dos o tres días en eso.

El 16 de junio de 1993 fue mi primer día formal de trabajo. Yo me fui en bermudas, porque yo era así: un desparpajo total. Me imaginaba que pasaría el día recibiendo los cables de las agencias de noticias y quizá transcribiendo algunos para la edición del día siguiente. Tan inocente yo. Heberto me estaba esperando en su oficina con una pauta escrita en su máquina de escribir en la que me mandaba a recibir unos nuevos trenes del Metro de Caracas. Casi me da un ataque. Yo no estaba lista mentalmente para salir a la calle, a quién iba a entrevistar, qué le iba a preguntar, cuál era la noticia. Iba super asustada en el carro del periódico.

Me acompañó un fotógrafo al que por supuesto yo no conocía. Luego supe de sus maravillas profesionales y nos hicimos super panas: el gran Luis Vallenilla. Él me ayudó mucho, tanto en esa pauta, como en todas las que compartimos. Ese día, entre muchas cosas que aprendí en ese tiempo, fue la importancia de la llave entre el periodista y el fotógrafo.

Al final, hice mi pauta, volví super emocionada a la redacción y escribí las líneas asignadas como si supiera lo que estaba haciendo. Fue chévere y una locura interna. Al día siguiente, mi nota salió publicada y por primera vez vi mi nombre en un diario.

Pasé un año y medio en El Globo. Aprendí muchísimo, me divertí muchísimo, hice desastres y maravillas. Me tubearon y tubié. Conocí gente estupenda. Metí la pata millones de veces e hice otros trabajos que valieron la pena.

Lo cierto es que una vez que probé el gusto o el gusanito del periodismo, me quedé allí un buen rato. Amo escribir. Y si bien, en este momento de mi vida no ejerzo el periodismo como en 1993, sigo siendo periodista en el corazón y trato de utilizar todas las herramientas aprendidas en cada uno de mis cursos, talleres, encuentros, seminarios, grupos y consultas.


Feliz Día del Periodista a mis amigos que han seguido en esta ruta, directa o indirectamente.

Siempre podemos celebrar un oficio maravilloso como este. Cada uno, desde su trinchera, hace lo mejor que puede.

Raiza
27/jun/2010

domingo, mayo 02, 2010

Entre angelito y diablito


Los desacuerdos internos se presentan cuando la persona boxea entre lo que desea para sí y lo que le impone la realidad. ¿Se ha confrontado usted con ese dilema?

por NÉSTOR LUIS LLABANERO | imagen: WWW.SHUTTERSTOCK.COM | DOMINGO 2 DE MAYO DE 2010


Una mujer que actúa poseída por el espíritu pacifista de Batichica no invalida la esencia guerrerista de la Gatúbela que lleva dentro. Por extremas que resulten, ambas cualidades -representadas en estos personajes de la ficción televisiva- forman parte de un todo. Sólo que la pugna exhibida en la serie entre la chica buena y la gata mala sólo tiene el objetivo de ver cómo el bien supera al mal. En la vida real, la situación opera diferente.

Cuando Raiza Ramírez, especialista en terapia Gestalt -rama de la psicología humanista-, menciona ambas actitudes como parte de una coexistencia, lo hace para graficar la encrucijada en la que muchas personas se encuentran a la hora de tomar decisiones, trascendentales o no para sus vidas. Se refiere a la batalla simbólica entre el angelito y el diablito, la cual no es ajena tampoco a los hombres.

"Todos atravesamos por esos momentos de debate personal, y cuando se impone el angelito no quiere decir que el diablito desaparezca de nuestra naturaleza, sino que en ese momento prevaleció uno de los dos".

De lo que se trata es de advertir a la gente que este duelo de pensamientos y sentimientos extremos forma parte de lo que el terapeuta argentino Norberto Levy llama "desacuerdos internos", una especie de diálogo donde las dos voces que hablan, a veces, no alcanzan un consenso, o se consigue lentamente generando malestar interno innecesario.


Sucede, por ejemplo, en casos tan cotidianos como el hijo casado enfrentado al dilema del deber que supone llamar a diario a su madre para saludarla y preguntarle cómo está. "La respuesta a esa interrogante debe partir de la necesidad que siente de llamar o no a la progenitora", especifica Irene Specht, presidenta del Instituto Venezolano de Escuelas Holísticas, IVEHO. "Hacerlo sólo por el deber es un mero cumplimiento de un rol que otros le establecieron".

Lo grave de privilegiar la mirada ajena, opina Specht, es que quien realice algo desatendiendo sus elecciones, corre el riesgo de irse convirtiendo en un ser desarticulado en sí mismo. "Actuar por lo que otro nos diga, no sólo nos aniquila sino que nos coloca en el último lugar de nuestras prioridades más esenciales".

EL DESACUERDO INTERIOR
Todas las personas dialogan con ellas mismas. Esto es normal y hasta sano. Son conversaciones o transacciones emocionales que permiten a cualquier individuo evaluarse, premiarse o regañarse. Al pronunciar estos puntos de vista, Raiza Ramírez dice que "lo interesante no es el diálogo interno sino la calidad del mismo".

Entonces pasa a comentar que si el diálogo es amoroso, éste se traduce en apoyo y compañía que ratifica el acuerdo interior. Es lo que representaría al angelito que habla.

Caso contrario, si el diálogo se basa en lo punitivo, éste se traduce en zozobra y compañía inadecuada, creándose el desacuerdo interior. Es el diablito contrapuesto al angelito.

Ramírez cita al autor argentino Norberto Levy, creador del abordaje terapéutico llamado Autoasistencia Psicológica, para precisar que el organismo humano funciona como una empresa con diversas gerencias. "Si dos gerencias de esa empresa (parte del organismo) están molestas, entonces se genera un desacuerdo interior. Pero, la complicación no es que exista el desacuerdo (en las mejores relaciones lo hay), sino que éste se cristalice o persista en el tiempo".

Ahora bien, dejarse llevar sólo por el angelito a la hora de tomar decisiones no imposibilita que una persona se autocuestione. Criticarse, subraya Ramírez, puede ser provechoso para el crecimiento. "Claro, el cuestionamiento a mí misma puedo hacerlo desde un llamado de atención sin llegar a herirme".

Por ejemplo, hay individuos que intentan erradicar su lado dadivoso luego de haber vivido experiencias de ingratitud con gente inescrupulosa. Es allí donde el angelito y el diablito van templando a la persona para que se defina entre esconder o mantener su rasgo dadivoso. "Si la decisión es erradicarlo creyendo que así se resguarda, está echando a un lado un aspecto interesante de la personalidad. Lo que debe hacer la persona es ajustar ese rasgo, administrarlo mejor, pero no penalizarse por lo que es en esencia", reflexiona Ramírez. "Buscar un equilibrio en la personalidad es una buena forma de conducirse".

¿PUEDE CAMBIAR UN MAYOR?
Mientras más adulta sea una persona, más compleja resulta la posibilidad de aprender a conversar consigo misma pretendiendo producir cambios a su vida. La razón es que cuando alguien va haciéndose mayor acumula historias que refuerzan formas de pensar difíciles de mover, aunque se encuentre ante la necesidad de hacerlo. Diferente ocurre con los niños, quienes al estrenarse a la vida se tornan dúctiles.

Sin embargo, tampoco es verdad el dicho popular aplicado a los humanos según el cual loro viejo no aprende a hablar. "Si la persona no tiene entrenamiento, por supuesto que le costará más hacer transformaciones", acuerda Irene Specht, presidenta del Instituto Venezolano de Escuelas Holísticas, IVEHO. "La coraza se hace más sólida y, en consecuencia, se atreve menos a salir de ésta".

Sin embargo, la especialista en terapia Gestalt, asegura que "las personas asimilan formas de conducirse a cualquier edad, con mayor o menor flexibilidad de acuerdo con el ambiente donde se haya criado".

Su opinión está fundamentada en el siguiente ejemplo: "Mientras una persona viva apegada totalmente a la cultura de su país, menos opciones tiene de ensanchar sus conocimientos sobre otras culturales nacionales. Así mismo pasa cuando alguien se expone sólo a un ambiente".

Y claro que, convertidos en adultos, existe la posibilidad de emprender viajes por sí solos. Pero, incluso, la forma cómo se realizan esas expediciones también influye en los logros de esa ampliación. "La psicoterapia es una forma de viajar más rápida al fondo de sí mismo. Y es un viaje que todos -unos más, otros menos- necesitamos hacer", asegura Specht.

La también especialista en adicciones y codependencias recuerda una verdad que justifica porque todos tenemos la necesidad: "los padres no llegaron al mundo con un manual, así que han tenido que adaptarse a distintas eras para ejercer bien su rol".

Conviene saber, según Specht, que cuando un individuo se esmera por acoplarse a nuevas realidades sociales, pueden producirse confusiones, hasta consigo mismo. Por eso, vale saber que una actitud no convierte a un ser humano en bueno ni malo. "Sencillamente porque en la vida nadie vive más allá del bien y del mal sino que vive en el bien y en el mal, y de lo que se trata es de no perecer en su objetivo de crecer como ser humano".

nllabanero@eluniversal.com
Twitter: @llabanero

Coordenadas
Raiza Ramírez 0414 284.1097 / 0412 963.1191

Entrevista publicada en la revista ESTAMPAS, del Diario El Universal. Caracas, Venezuela. Domingo, 2 de mayo de 2010.
Link: http://www.estampas.com/2010/05/02/

martes, abril 13, 2010

Yo, terapeuta


Mi primer acercamiento a la Psicoterapia fue como paciente. Me alegro mucho que haya sucedido de esa manera. Soy testigo en primera persona de que sí puede haber cambios en mi vida y que el trabajo interno me puede llevar a un camino diferente, al menos a tener más conciencia en el trayecto.

Cuando comencé a estudiar Psicoterapia, lo hice por dos motivos fundamentales: en primer lugar, siempre había querido estudiar psicología; y en segundo lugar, me llamaba la atención tener una segunda profesión que me permitiera manejar mi tiempo y agenda, sin horarios establecidos por otros.

No conté con un tercer motivo, quizá el más importante: en principio, me enamoré perdidamente de la Psicoterapia Gestalt, amor que perdura intacto siete años más tarde. Posteriormente, me enamoré de las Constelaciones Familiares y el abordaje sistémico familiar como una herramienta de acompañamiento.

En los cuatro años que llevo trabajando como terapeuta y facilitadora de talleres y seminarios, he podido percatarme de mis cambios. No soy la misma del principio, eso no significa que sea mejor ahora, solo soy diferente hoy. Y en el camino, he pasado por distintas etapas o momentos.

Percatarme de ello me ha permitido adaptarme a mis propias modificaciones. Práctico la Psicoterapia Gestalt conmigo misma, en mi mundo personal y profesional. Esto no quiere decir que me hago “auto-terapia”, cosa que ayuda poco. Lo que quiero decir es que aplico los conceptos aprendidos a mi propio mundo.

Me he descubierto una terapeuta más contenedora que frustradora, como un estilo de acercamiento. He descubierto mi propia fuerza en mi suavidad. He mirado cómo se ha ido desarrollando mi flexibilidad para estar con el otro y sus resistencias, para danzar con ellas y no ir en su contra. He vivido en la piel esa frase que nos repetían en la escuela: “Frustrar lo que hace el paciente, no al paciente”. Solo por nombrar algunos detalles.

Me he dado cuenta que no todas las personas funcionan con la misma receta, por así decirlo, y que algunas son más racionales, otras más corporales, unos más emocionales y que según lo que han vivido, han ido encontrando esa manera particular de estar en el mundo.

Creo que una de los primeros caminos a andar con un paciente, tiene que ver con encontrar la vía para llegar a él. Si puedo hacer contacto con el paciente, quizá pueda allí, ya en compañía, mostrarle algunas cosas que a lo mejor no ve aún o que no se atreve a hacer.

También me he percatado que cada sesión puede ser diferente. Hay momentos en los que una conversación terapéutica puede llevar a la persona a un darse cuenta. Hay otras sesiones en las que es necesario cortar el verbo, para bajar al piso emocional. Hay otras horas que sirven para actualizar o rearmar las piezas del rompecabezas que ha estado suelto y que poco a poco la persona ha ido armando.

Ha sido un proceso hermoso y laborioso. Un proceso vivo, que no se detiene y que espero no se detenga. Lo que también he descubierto es que el camino de aprendizaje ha sido muy íntimo, por decirlo de alguna manera. Más allá de compartir con colegas sobre ciertos temas, dificultades o casos, no he logrado consolidar un grupo de terapeutas para compartir de una manera más formal, las inquietudes que se nos van presentando en el trabajo.

Fue cuando se me ocurrió armar un nuevo Grupo de Trabajo llamado “Grupo de Enriquecimiento Terapéutico”. ¿De qué va esto?

La idea es que nos reunamos durante ocho semanas un grupo de estudiantes de psicoterapia y psicología, terapeutas –con experiencia o no-, psicólogos, facilitadores de talleres y seminarios, personas formadas en manejo de grupos. ¿Para qué? Para compartir experiencias, lanzar estrategias de trabajo, mirar otros abordajes y especialmente, que cada uno de los integrantes del grupo pueda descubrir su propio ritmo, estilo, aspecto en el que se destaca, sus propias debilidades y quizá aprender algunas nuevas técnicas o datos para su trabajo diario.

Este grupo debe comenzar en mayo de 2010. La sola idea de pensarlo, me agrada y me llena de emoción. Estoy segura que será un trabajo provechoso. Y lo mejor de todo es que no lo haré sola.

El LINK donde puedes encontrar más info de este Grupo es:
http://gestaltvenezuela.blogspot.com/2010/04/grupo-de-enriquecimiento-terapeutico.html



A los que quieran, espero encontrarlos en esta fecha para trabajar juntos, enriquecernos y crecer.

Mil gracias y bienvenid@s desde ya!

Raiza Ramírez

miércoles, marzo 31, 2010

Cómo entrenar a tu dragón

Cómo entrenar a tu dragón
"Cuando yo cambio, mi alrededor también lo hace"

Desde hace tiempo ya, las películas infantiles animadas no son tal. Son films para adultos, con temas a reflexionar, historias que dan qué pensar y que además, entretienen.

El caso de la más reciente cinta de Dreamworks, “Cómo domar a un dragón” no es la excepción.

Particularmente me hizo pensar en lo siguiente: “¿Quién soy? ¿Soy quien yo quiero ser o quien los demás esperan que sea?” Y luego, una vez que descubro lo que soy, qué hago con esto: ¿Actúo libremente o me dejo domar por lo que indica el afuera o lo establecido?”

Hiccup es el protagonista. Un niño vikingo, del cual la sociedad vikinga y, especialmente su padre, esperan que actúe de una determinada manera y NUNCA de otra forma. Y él, que obviamente es diferente, tanto por fuera como por dentro.

En un primer momento, solo quiere pertenecer, ser un vikingo más. Matar dragones como hace su padre –líder del pueblo-. Se hace evidente cuando Gobber le dice a Hiccup “Deja de intentar ser algo que no eres”. A lo que el niño responde: “Solo quiero ser uno de ustedes”.

Y para ser uno de ellos, necesita ser como ellos y actuar como ellos. Pero qué pasa cuando descubro que realmente NO quiero ser como los demás, que soy diferente y que mi esencia tiene otro matiz.


Hiccup lo empieza a vivir en su propia piel. En su primer encuentro con el “Rayo nocturno” descubre que ese animal, al que todos le temen tanto, tiene tanto miedo como él mismo. Lo mira y puede verse reflejado en él. Hacen contacto y desde ese encuentro, todo cambia: primero adentro y luego afuera.

Y en estos contactos, es cuando comienzan a caer los paradigmas establecidos. Los Vikingos se habían vinculado con los dragones de una manera determinada, fija, estática. Escribieron libros y guías sobre esta manera ya conocida y que les había permitido subsistir por muchos años. Era “lo correcto”.

Hasta que llega alguien -en este caso un niño-, que prueba algo diferente, prueba hacerlo de otra manera, intenta hacer contacto con estos feroces animales desde otro lugar: conociéndolos y no dando por sentado que vienen a matar y a destruir. Y los cambios no se hacen esperar.

Hiccup va descubriendo quién es verdaderamente. Quién quiere ser y cómo quiere hacerlo, más allá de lo establecido por lo externo y especialmente por su padre. En un primer momento, como en la vida misma, lo difícil parece ser gritar a viva voz su verdad. Sin embargo, cuando es necesario, junta su fuerza y muestra su forma, su manera.


Vale la pena ir al ver la peli, no sólo por lo hermosa, lo bien realizada que está y su música. Vale verla por la historia y por lo que quizá podamos aprender de ella. Para mí se resume en una frase: “Ir descubriendo lo que soy y serlo”, una manera auténtica y genuina de estar en el mundo.

Raiza Ramirez.


El libro de los Secretos



El libro de los Secretos
Cuestión de elección: el tema no es tener, sino qué se hace con lo que se tiene.

Personalmente, me resulta inevitable ver una película sólo con los ojos. Para mí, la experiencia del cine, tiene que ver con todos los sentidos, incluyendo al sexto sentido, al sentido común y al sentido interno o al alma.

“The Book of Eli” es una película para experimentarla con todo. Incluso, aunque el resultado no sea tan hermoso u optimista como quizá desearía.

Si tuviera que resumir en una frase lo que aprendí mirando esta película protagonizada por Denzel Washington y Gary Oldman, escribiría lo siguiente: “Tú y yo podemos tener el mismo instrumento en las manos. La diferencia la marcará lo que cada uno haga con él”.

Denzel Washington es Eli, un hombre que logró sobrevivir a “eso” que destruyó buena parte de la tierra y sus habitantes. Según dice, desde ese momento, han pasado más de 30 inviernos. Eli va caminando hacia el “este”. Nada detiene su paso y ha logrado mantener su existencia a pesar de la escasez de agua, fuego, comida y dinero. El trueque es la forma de pago. Y una cantimplora de agua es un lujo que pocos pueden darse.


Eli es un hombre misterioso, si se quiere. Habla con pocas personas. Vive a la defensiva. Y tiene un libro, uno solo, que lee todas las noches. Es el libro más buscado, pues sólo queda un ejemplar en todo el planeta.

Por su parte, Gary Oldman, interpreta a uno de los pocos hombres poderosos que queda sobre la faz de la tierra. Tiene un bar, armas y agua. Es millonario. Está detrás del libro de Eli, aunque obviamente no sabe que Eli lo posee. El encuentro entre ellos desata el tema central de la cinta.

No deseo contar la historia, ni los reveses de la misma. Solo intento compartir la reflexión. Lo que a mí me hizo pensar.

Hay un solo libro y dos hombres. Hay un solo ejemplar y dos maneras de mirar el mundo y de vivir en él. Uno de ellos, movido por el poder y el tener; y el otro, centrado en alcanzar una meta, en dejar un legado. Dos visiones diferentes, paradójicas si se quiere.

Al final, sin contar lo que sucede en la película, realmente lo que importa no es tener o no el libro, sino lo que se puede hacer con él y lo que decido hacer con él. Allí es donde cada quien es libre de elegir lo que va a hacer con el instrumento que tiene en sus manos.

Raiza Ramírez

jueves, marzo 04, 2010

Preciosa y dolorosa


"El corazón se seca no cuando dejamos de recibir amor, sino cuando dejamos de amar"


Esta frase se me acaba de ocurrir pensando en la película "Precious". La vi hace un par de días y aún creo estar asimilando la fuerte historia de esta joven de 17 años, madre de dos hijos producto de violaciones de su propio padre, a quien su madre maltrata física y emocionalmente, y quien prácticamente no sabe leer ni escribir.

Usualmente la mirada que me acompaña es la sistémica. Me es imposible ver una historia, sin mirar a la familia, sus dinámicas y consecuencias. "Precious" muestra un sistema violento, con maltrato, sin afecto, incestuoso, hombres excluidos, entre otras. Pareciera que el amor no tiene espacio en esta familia.

Ahora bien y paradójicamente, lo que me llamó la atención es la poderosa capacidad de amar que podemos tener los seres humanos, incluso cuando nuestras circunstancias son poco o nada favorables. Como es el caso de Clarissa Precious Jones, quien a pesar de los pesares, como quien dice, aún tiene corazón y amor para sus dos hijos (Mongo y Abudl), para su maestra, para sus amigas del colegio y para sus sueños.

Precious no es una película fácil de ver. Duele o puede doler. Me hizo pensar. Me revolvió el estómago. Me hizo valorar lo hermoso que tengo en mi existencia y quizá, como un consuelo de tontos, saber que mis llamados "problemas" son como una hormiga ante otros hechos mucho más impactantes.

Ver a una mujer que es capaz de creer aún cuando todo a su alrededor resulta hostil es casi una canción de esperanza. Y me hace pensar ahora la misma frase que coloqué al principio de esta entrada: el corazón se seca cuando dejo de amar, no cuando no recibo amor.

Raiza

miércoles, febrero 10, 2010

En honor a mi maestra Magaly

Magaly (creo que el apellido es González) fue mi maestra guía y de Sociales en cuarto grado. Siempre me cayó muy bien. Magaly era muy pequeña de estatura (casi del mismo tamaño de nosotras sus alumnas) y era una profesora muy cercana para un colegio tan estricto como ese donde estudié parte de primaria y bachillerato.

Luego de pasar de cuarto grado, seguí en contacto con Magaly. Conversábamos en algunos momentos, nos saludábamos. Ella siempre me cayó bien.

Cuando empecé sexto grado, Magaly se me acercó y me propuso algo que me pareció super descabellado en ese momento: que yo fuera la presentadora de los actos culturales de toda primaria.

Cada mes, dependiendo del calendario y la efemérides correspondiente, cada grado debía organizar un pequeño acto cultural: una lectura, hacer una dramatización, recitar un poema, entre otros. Hasta ese momento era Magaly la encargada de presentar los actos. Y no se cómo se le ocurrió que yo podía hacerlo.

Al final, no se bien cómo, acepté. El primer acto fue en octubre. Me parece que era sobre el Descubrimiento de América. Recuerdo que estaba super nerviosa: debía hablar delante de toda la escuela primaria.

Mi trabajo comenzaba dos semanas antes del acto. Me paseaba por todos los salones del colegio para conversar con las maestras y ver qué iban a presentar en esta oportunidad. A la semana, volvía a pasar para confirmar la presentación y chequear que no hubiera repeticiones en cada uno de los actos. Luego, me sentaba con Magaly y revisábamos juntas el contenido y el orden que le íbamos a dar. Y por último, me tocaba el día del acto, presentar -cual animadora de TV, con micrófono en mano y todo- cada uno de las lecturas o dramatizaciones.

El primer día que me tocó fungir de animadora estaba super nerviosa. Yo tenía 11 años. Llevaba todo escrito cuidadosamente y ya había practicado en mi casa. Creo que dentro de todo, no salió tan mal. Por lo menos, cumplimos con la meta.

Mientras pasaban los meses y los actos, el trabajo se hacía más sencillo, tanto el de organizar el evento como la presentación del mismo. Ya no practicaba en casa. Ya no escribía lo que iba a decir. Ahora improvisaba.

Recuerdo que me encantaba la parte de organizar los actos. Era una oportunidad perfecta para salirme del salón de clases y pasear por toda la primaria sin que nadie me dijera nada. Conocía a todas las maestras de la escuela y hablaba con cada una de ellas. Era divertido armar el programa.

Le fui tomando el gusto al micrófono. Perdí el miedo y la pena de hablar en público. Incluso, le podía dar ánimo a los otros niños que estaban muy nerviosos por tener que leer frente a cientos de otros niños.

Al final del año, me tocó dar el discurso de cierre de la primaria. Fue divertido y emocionante.

Estoy segura que esta experiencia me marcó de por vida. Se que esa forma con la que me enfrento a un grupo de alumnos en este momento tiene que ver con este sexto grado y mis presentaciones en los actos culturales. Desde ese momento ya nunca más sentí temor de hablar en público, hacer exposiciones o conversar delante de la gente. Y siempre le estaré profundamente agradecida a Magaly, esté donde esté.


domingo, febrero 07, 2010

Invictus: el poder de la integración

Desde que vi el trailler de "Invictus", la más reciente película de Clint Eastwood, sabía que me iba a gustar.

Movilizadora, humana, no cursi, directa, mostrando todo, sin exclusiones, nada extravagante.

La excusa del deporte para unir a un país.
La visión de un hombre que lejos de separar, buscó la integración de su gente.
La pasión de un equipo por lograr una meta, en nombre de los habitantes de su país, de todos los habitantes de esa nación.

La integración de unos y otros.

Está basada en una historia real. La cinta narra cómo Mandela se sirve del Rugby -muy popular entre los Afrikáners- para que todo el pueblo Surafricano pudiera unirse en una sola nación, un solo canto, una sola bandera.

De una nación dividida pasa a ser un espacio en el que todos caben, todos logran celebrar los tantos de su equipo, los blancos y los negros. Los que antes se perseguían ahora comparten en un estadio la fuerza de una abrazo que tiene un mismo fin: ver a su equipo convertirse en el campeón del mundo.

La palabra integración resume para mí esta historia. La posibilidad de mirar al otro (aunque piense diferente a mi) y darle espacio. La posibilidad de tratar al otro diferente a como me ha tratado a mi. La fuerza del ejemplo y del liderazgo, que en la película se ve tan clara en el mismo Mandela, Morgan Freeman, como en el capitán del equipo, interpretado por Matt Damon.

Es una película completa. Sin desperdicios. De esas que ojalá todos los que vivimos en Venezuela podamos mirar y aprender algo de ella.




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